Desde hace mucho tiempo, oímos que nuestra forma de producción es nociva para el medio ambiente y para el ser humano, no sólo por la contaminación generada, sino también por la desigualdad que instala entre pobre y ricos, educados e ignorante, conectados y desconectados.
“Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de la capacidad industrial”. (D.L. Meadows y otros, Los Límites del Crecimiento, 1972)
Yo intento poner mi granito de arena: separar la basura, usar materiales biodegradables, ahorrar energía, reusar y reciclar todo cuanto puedo. Pero lo cierto es que resulta evidente la necesidad de generar planes de escala regional o nacional que vinculen todas las dimensiones que intervienen en este sistema que llamamos sociedad.
Lo que sí está en nuestras manos es exigir a nuestros gobiernos que propongan verdaderas soluciones nuevas, que respondan a esta nueva visión global que está surgiendo, en vez de responder con viejas fórmulas. ¿Y si no encontramos esas propuestas? ¿Nos tocará involucrarnos más activamente y realizarlas nosotros mismos? ¿Ustedes qué opinan?
La importancia de la información -su generación, circulación y consumo- no es un concepto nuevo; varios autores, desde la teoría o la literatura, anunciaron el advenimiento de una era regida por el conocimiento en su acepción más amplia.
En 1979, Jean-Francois Lyotard afirmaba en su libro La Condición Posmoderna que, al igual que los hombres habían luchado por conquistar territorios en el pasado, y se afanaron después por el poseer el control sobre la disponibilidad de materias primas, tecnología industrial y mano de obra barata, en el futuro se disputarían el dominio de la información.
Pero hace más de 50 años, George Orwell ya hacía mención del poder de la información en su visión del futuro en 1984, cuando su personaje principal –Winston Smith- cumple con su trabajo cotidiano, en el Ministerio de la Verdad, manipulando o destruyendo documentos históricos con el objeto de que éstos concuerden con la versión oficial de ese momento. El afán de controlar la información llegaba hasta el punto de mandar a reimprimir periódicos viejos con los cambios convenientes a la situación actual.
Entonces, si la información ha ganado un alto valor de uso y de cambio en estos tiempos, se puede deducir que quienes carezcan de recursos económicos no tendrán acceso a ella y a ninguno de los beneficios que su consumo conlleva.
Es así, como el acceso a internet y a otras tecnologías que permiten el intercambio de información a distancia y en forma inmediata, no es más que la punta de un iceberg llamado DESIGUALDAD SOCIAL, que se compone de carencias educativas y sanitarias, discriminación étnica, etaria y de género y, en términos generales, de la poco equitativa distribución de la riqueza –tanto a nivel mundial como local.
Sin duda, nos encontramos ante una situación compleja que no puede analizarse en forma de dicotomía (“ellos y nosotros”, “los que tienen y los que no tienen”), porque esta reunión de variables establece una situación multidimensional, con diferentes combinaciones que aportan resultados reveladores, como que las culturas orientales suelen privilegiar el consumo de tecnología debido a la alta valoración cultural que tiene el recibir una buena educación. Componentes culturales como éste son los que complejizan el estudio y la generación de una solución democratizadora.
Por otra parte, de todos los componentes que intervienen en el acceso a la información, el más importante parece ser la educación, ya que sirve de detonador en varios planos; es decir, la educación –y me refiero particularmente a la pública- puede acortar las distancias entre aquellos con un alto ingreso (que pueden proveerse de lo que necesitan para participar en el ciberespacio) y aquellos con ingresos medios y bajos –con menos posibilidades.
Así, la educación pública es la que pone al alcance la herramienta, pero también la instrucción necesaria para operarla. Pero con “operación” no me refiero sólo a saber qué botón apretar, sino a la capacidad cognitiva y al bagaje simbólico necesario para realizar las lecturas e interpretaciones pertinentes.
No basta con conocer el procedimiento, es necesario conocer el código, el lenguaje con que se transmite e intercambia la información, para poder usarla adecuadamente y aprovechar todo su potencial.